El grupo dos

El estruendo nos dejó desorientados por unos segundos. Era común escuchar estruendos lejanos a esta hora de la tarde pero, por primera vez, lo habíamos sentido vibrar en las piernas. Algunos cayeron aturdidos, otros se congelaron ante la incomprensión de un ruido tan fuerte.

    Aún no recibíamos órdenes de investigar qué había sucedido cuando escuchamos los primeros gritos llegar por la derecha. Nunca me había sentido tan extrañado ante un aroma como lo sentí ese día; siete soldados de avanzada llegaron a nosotros, aterrados, sin cordura y totalmente cubiertos de esa sustancia con aroma rancio y del color del óxido que delimita nuestro territorio.

    Tardamos un poco en lograr comunicación coherente con uno de los soldados manchados. Aguantando el asco por ese penetrante olor a hierro que lo cubría, pudimos conocer un poco de lo desconocido.

—La compañía quedó dispersa. Todo fue tan confuso. Marten, Alden y Count trataron de reunir a los soldados. Todo se puso negro y algo cayó. Corrimos como pudimos. No sabíamos a dónde replegarnos. Y el olor lo invadió todo.

    El soldado se desmayó. Unos a otros nos acercábamos para entender qué sucedía. Terno acercó su antena derecha a la mía; ninguno de los dos sabíamos que nos esperaba y sólo se respiraba el miedo de la colonia.

    A las tres horas del estruendo, recibimos órdenes. El grupo Dos recorrería el camino que guiaba el aroma a hierro. Mis hermanos y yo nos alistamos, uno tras otro, para seguir el camino y traer noticias sobre el suceso desafortunado. Caminamos un largo rato hasta que nuestro hogar fue un recuerdo.

    El olor era cada vez más penetrante y tóxico. No recordaba haber sentido algo tan nauseabundo en toda mi vida. Algunas historias de viejos mencionaban ese aroma a lo lejos, como parte de una batalla que no nos correspondía. El aroma de una especie mortal, dañina, de quien debemos mantenernos alejados.

    Malt cayó en un enorme charco de materia pestilente. Quisimos sacarlo pero fue inútil; el líquido viscoso y tosco se lo tragó antes de poder hacer algo. Lo único que quedó fue esa mancha, casi negra, en nuestras manos.

    Esos charcos, casi del tamaño de un lago, nos rodeaban por todos los flancos. Algunos soldados perdían el sentido, asqueados por la pestilencia. Otros tantos, trataban de esquivar los charcos de óxido, casi negro, sin mucha suerte.

    Y fue cuando lo encontramos; prácticamente nos estaba observando. Era tan grande como un limón, pero su aspecto vidrioso y denso no lo hacía un fruto comestible. Todo él, en su redonda apariencia, apestaba a hierro. Lo miramos largo rato y él nos miró de vuelta. Nuestra imagen se reflejaba en su superficie que poco a poco se volvía opaca y espesa. Nos recordó las pastas gelatinosas verdes que a veces traen los recolectores; pero esta masa redonda no serviría para alimentar a la colonia.

—Es un ojo de bestia —comentó el Coronel Arpes, con una serenidad que nos asustaba.

    Era un ojo. Pero no como los nuestros: estaba opaco, sin esperanza; muerto. El Coronel Arpes había vivido lo suficiente como para haberse encontrado muchas veces con las bestias. Conocía su esencia, sus hábitos destructivos, su olor a muerte. Sabía por qué las hormigas debemos alejarnos de ellos.

    El Coronel se disponía a contarnos más sobre las bestias cuando un nuevo estruendo sacudió nuestros cuerpos. Muchos caímos y algunos perdieron las antenas con el impacto. Miles de gigantescas gotas de hierro líquido cayeron a nuestro paso. Los pocos que no quedamos bajo los charcos, nos replegamos en un escuadrón, listos para defendernos.

—Otra guerra de humanos ha comenzado —pronunció el Coronel —. Los muertos ya están cayendo. Y todo se puso negro.

Bichos

–No me gustan tus letras– escupió después que arrojó el manuscrito, con desprecio, a la mesa.

    Estuve a punto de llorar, pero fue cuando vi que los papeles temblaban levemente. El temblor se volvió movimiento frenético y los dos miramos las hojas con algo de miedo.

    Por debajo del blanco del papel salió una hilera de bichitos negros. Uno tras otro, caminaban directo al crítico que no atinaba a moverse.

    El primer bicho de la fila tomó una gran velocidad y con impulso extraño, saltó a la mano del hombre.

    Tras el primero, el resto de bicharrajos tomaron vuelo y cayeron en su cuerpo: fueron haciendo filas interminables desde sus dedos y hasta sus pies. Algunos tomaron la ruta a su boca mientras otros se internaron en sus oídos y salieron, marchando, por los agujeros de su nariz que se abrían al ritmo de la respiración agitada.

    Cerré la boca por el temor a que alguno de esos seres negros quisiera caer a mi garganta, pero ninguno de ellos se había encaminado a mi lado.

    El hombre cayó al suelo y fue cuando vi que sus ojos estaban totalmente negros; los bichos se habían concentrado en las córneas y ya no había ni el blanco ni el verde en su mirada.

    Regresé por el manuscrito y noté como cada una de las ciento treinta y ocho páginas ahora eran hojas en blanco. Las miré de uno y otro lado y nada de lo que había escrito durante cuatro meses seguía impreso.

    En la última hoja colgaba, tembloroso, el último bicho de los montones que corrieron al hombre en el suelo. Cuando me acerqué a verlo fue que caí en cuenta que ese bicho era una pequeña letra f que, detrás de su minúscula curva, tenía tres patitas que corrían en el aire.

001

Solo veo podredumbre y desolación coronada de fuego donde todos ven la monotonía de lo cotidiano.

Y la felicidad que me ocasiona ver más allá de la rutina es algo que no comprenden: siempre tengo que inventar historias para justificar que lo que para ellos es oscuridad a mí me cause risa.

A. Siempre, A.

El arrullo está en reparación

Los vientos llegan, las lluvias caen y en algunos casos, hasta las palabras son arrojadas sin sentido.

Quizá, no sin sentido. Quizá, con toda la intención de dañar.

Quizá, sólo es que la tecnología hace que lo que caigan sean las palabras mismas.

Sea como sea, el arrullo cayó; pero está en camino de ser reparado: uno a uno, los hilos se irán tejiendo donde se rompieron y aquellos que hayan muerto, verán renacer hilos nuevos. Palabras nuevas.

Y todo, es un ciclo hipnótico al centro.

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