Bichos

–No me gustan tus letras– escupió después que arrojó el manuscrito, con desprecio, a la mesa.

    Estuve a punto de llorar, pero fue cuando vi que los papeles temblaban levemente. El temblor se volvió movimiento frenético y los dos miramos las hojas con algo de miedo.

    Por debajo del blanco del papel salió una hilera de bichitos negros. Uno tras otro, caminaban directo al crítico que no atinaba a moverse.

    El primer bicho de la fila tomó una gran velocidad y con impulso extraño, saltó a la mano del hombre.

    Tras el primero, el resto de bicharrajos tomaron vuelo y cayeron en su cuerpo: fueron haciendo filas interminables desde sus dedos y hasta sus pies. Algunos tomaron la ruta a su boca mientras otros se internaron en sus oídos y salieron, marchando, por los agujeros de su nariz que se abrían al ritmo de la respiración agitada.

    Cerré la boca por el temor a que alguno de esos seres negros quisiera caer a mi garganta, pero ninguno de ellos se había encaminado a mi lado.

    El hombre cayó al suelo y fue cuando vi que sus ojos estaban totalmente negros; los bichos se habían concentrado en las córneas y ya no había ni el blanco ni el verde en su mirada.

    Regresé por el manuscrito y noté como cada una de las ciento treinta y ocho páginas ahora eran hojas en blanco. Las miré de uno y otro lado y nada de lo que había escrito durante cuatro meses seguía impreso.

    En la última hoja colgaba, tembloroso, el último bicho de los montones que corrieron al hombre en el suelo. Cuando me acerqué a verlo fue que caí en cuenta que ese bicho era una pequeña letra f que, detrás de su minúscula curva, tenía tres patitas que corrían en el aire.

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