Las niñas buenas

El 3 de septiembre, por primera vez, pedí un Skinny Latte. Fue la primera vez que usé medias negras y el cabello suelto y que dejé manchas de labial rojo en la taza. Ese también fue el día que me mataron.

Cuando cumplí diecisiete, decidí que, antes de volverme oficialmente adulta, tenía que dejar atrás a la persona que fui tantos años. Mamá me dijo toda la vida que las niñas buenas eran recatadas, honestas y estudiosas; el ejemplo de lo que era correcto.  Ellas no se andaban con mentiras. El buen gusto y los perfectos modales debían ser lo más importante en su vida. Yo siempre fui la niña que mamá quería.

Pero mamá tuvo el mal gusto de morir esa primavera. Después de una oculta agonía de treinta y siete meses y medio, su lucha contra el sida se convertía en estadística. Fue cuando nos enteramos de que ella llevaba una doble vida. La falta de caricias de papá le hizo buscarlas en lugares menos recatados de los que visitaría una persona de fina familia. Por las noches, se vestía de rojo y se llenaba el pelo de diamantina y por las mañanas, regresaba a casa después de ir por el pan para el almuerzo y acudir a misa. Siguiendo su fiel costumbre de no darse a notar, calló su enfermedad.

En su memoria, yo seguí siendo buena. Estudiaba, cuidaba mi ropa y era, en general, una persona agradable. Ayudaba a mis abuelos en la papelería y llevaba pasteles a la casa hogar que estaba cerca de la escuela. Hacía mis tareas, limpiaba la casa y preparaba la cena de papá. A papá no le importaba si era o no niña buena.

Tres días antes de mi cumpleaños, Guadalupe, mi amiga de tantos años, estaba de visita en casa. Revisaba mis libros, mis cajones, mis fotos y todo lo botaba con un hastío que en ella era habitual.

–Toda tu ropa es de monja; ¿no te da flojera? –comentaba mientras se probaba, frente al espejo, una falda tableada –. Deberías dejarme darte una asesoría de belleza.

Lupe era la típica niña que llamaba la atención en la escuela: cabello rizado en mechones, grandes ojos rematados con pestañas negras, boca de corazón rojo y grandes pechos que, por arte de ropa truqueada, desviaban miradas a su paso. Solía vestir con lo que estaba de moda y le añadía su toque personal de coquetería: mascadas de colores amarradas en el cuello, pequeñas faldas que llegaban hasta donde causaban escalofríos y zapatos de tacones que desafiaban las leyes de la gravedad en pies tan pequeños.

Ese día, en casa, me contaba de su última conquista: tenía algunos meses visitando sitios en internet que prometían darle al amor de su vida. Claro que, para Lupe, el amor de su vida podía darse dos, tres y hasta quince veces. Me contó que, esa noche, había cometido el error de citarse con dos hombres en distintos lugares y que, por mucho que corriera y tuviera un romanceo veloz, no iba a poder ver a los dos.

–¡Deberías ir tú con uno de ellos! –exclamó como si una verdad se le hubiera revelado al probarse mi blusa blanca con encaje en el cuello.

Me pareció una idea absurda, hasta que Lupe me dijo que, si ya me iba a volver adulta, debería empezar a buscar nuevos retos. No sé si la idea de ser la nueva persona que decidí al cumplir diecisiete o el pensamiento de besar por primera vez a un hombre fue lo que me provocó interés en su idea pero, de pronto, imaginé que no estaría mal jugar a la pequeña mentira de la cita.

Lupe sacó una moneda y decidió que, si salía águila, ella se quedaba con Pedro y yo iba a ver a Marco. No había dejado de rodar la moneda por su canto cuando ella ya estaba conectándose al correo para enseñarme la foto de mi galán asignado: Marco era un chico de 23 años, cabello castaño casi rubio y ojos verdes. Pero mis ojos se aprendieron esa extraña mueca de los labios: como si quisiera decir algo, pero se guardara el secreto. Mi amiga decidió que yo me quedaría con Marco porque era el que se veía más ñoño y que siendo mi primera cita, debía ser tranquila. Ella, como de costumbre, se iría por el de aspecto peligroso.

–Pero ni creas que vas a ir en mi nombre luciendo como abuela de rancho –me dijo Lupe, mientras sacaba de su mochila varias prendas de ropa diminuta.

Tardó casi dos horas en transformarme en una copia de su estilo: mi cabello se soltaba por primera vez de la cola de caballo y se rizaba en mechones; mis pestañas pesaban mientras mis ojos lloraban al recibir esa carga de maquillaje negro y mi atuendo dejaba ver más piel que por tanto resguardo era pálida, como de rana. De entre su ropa me eligió una pequeña falda roja, blusa negra y medias al mismo tono. Pensaba en ponerme sus zapatillas, sin embargo, el intentar ponerme en pie con esos zancos me causaba mareo; decidimos que unos zapatos de piso podían surtir el mismo efecto.

–Mira, si arreglada no eres tan fea –me insinuó mientras contemplaba su obra de arte.

Estábamos por salir de la casa cuando caí en la cuenta de que Marco sabría que yo no era Lupe si ella ya le había mandado su foto. Ella me tranquilizó diciendo que a ninguno se la había enviado.

–Las niñas malas nos rodeamos de misterio –me dijo ella con orgullo.–  Además, si el tipo no es lindo, siempre podemos escapar antes de que el asunto se ponga feo.

Llegué 15 minutos antes al lugar de la cita. Lupe decía que eso servía para ubicar el lugar más adecuado y observar al prospecto antes de que se acercara a la mesa. Iba a pedir el acostumbrado chocolate caliente cuando recordé que, ese día, no era Betsabé, sino Guadalupe. Un café cargado y lleno de espuma era lo adecuado para completar la personalidad prestada.

Justo a la hora acordada, vi llegar a Marco. No era muy diferente de su foto; si acaso, se veía de más años, aunque supuse que era por estar cansado después del trabajo. Traía suéter y pantalón negro y un pequeño maletín del lado izquierdo. Noté que me miró y sentí que mi rostro se llenaba de colores. Mi corazón latía como cuando corría escaleras arriba a tomarme mis vitaminas. Se acercó y pude ver de nuevo esa mueca en su boca que me aprendí de la foto vista unas horas antes.

­–¿Tú eres Guadalupe Pereyra? –preguntó bastante nervioso.

No fue mucho tiempo el que pasó entre que asentí, igualmente nerviosa, y él metió la mano en el maletín que cargaba. En mi inocencia infantil pensé que sacaría una rosa y me la regalaría para cumplir con el ritual de nuevos enamorados. Lo que salió en su mano fue una pistola y, sin darme tiempo de sentir sorpresa, la disparó tres veces directo a mi cara.

Sé que Marco se quedó congelado mientras caía mi cuerpo y la sangre pintaba el piso de la cafetería hasta que se unió con el rojo de mi faldita. Aún escuché cuando los demás comensales se confundían en gritos y llanto mientras las tazas de café negro caían y mojaban mis medias. Sé que nunca lo apresaron, porque al final, ni siquiera se llamaba Marco. Me enteré de que Lupe se volvió loca de angustia cuando supo la noticia y se aventó a las vías del metro cuando la consumía la culpa. Pero sé que ni ella ni mi madre llegaron a este lugar, que supongo es el cielo.


Esta historia la escribí en septiembre de 2012, para la clase de redacción, en la escuela de la SOGEM. La idea pertenece totalmente a mi maestra, Yolanda de la Torre; yo sólo le puse otros antecedentes.

 

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